Este año, la excursión de mi curso del colegio la hemos hecho a Ronda.
Ronda es un pueblecito de Málaga situado en la sierra y famoso por el enorme tajo sobre el que se asienta.
Ese día, el día de la excursión, llegamos al colegio a la misma hora de siempre, a las 8 y media. Nos reunimos en la clase y, cuando estábamos todos, salimos para coger el autobús.
Yo, el día de antes, había llegado de un viaje a EEUU y aunque estaba un poco cansada, estaba muy contenta de volver a ver a mis compañeros y profesores, y de saber que iba a pasar el día con ellos pero no en clase.
El viaje en autobús fue muy divertido. Fuimos cantando y riendo todo el rato.
A mitad de camino paramos en una venta para desayunar y, en seguida, seguimos nuestro viaje.
Por fin, después de 3 horas llegamos a Ronda.
Primero paseamos por algunas calles y pasamos por la plaza de toros, que es una de las más antiguas que existen.
Después visitamos el Museo Arqueológico, que está en el Palacio de Mondragón. Allí vimos unos patios preciosos y muchos restos arqueológicos.
Seguimos nuestra visita y estuvimos paseando por las calles más antiguas del pueblo, estrechas, de piedra y llenas de tiendas, sobre todo galerías de arte y antigüedades.
Llegamos al Tajo de Ronda, que es la principal atracción que tiene el pueblo, con el río Guadalevín al fondo y una profundidad que daba miedo asomarse.
Uno de los momentos más divertidos del día fue cuando nos encontramos a un grupo de japoneses. Una de mis compañeras se puso a cantar unas sevillanas y otras bailamos, lo cual les encantó. Después, para devolvernos el detalle, uno de los japoneses se puso a bailar el Oppan Gagnam Style. Nos reímos muchísimo.
Para almorzar fuimos a una plaza donde había unos bancos y allí nos tomamos nuestros bocadillos.
Después estuvimos en un parque muy grande, la Alameda del Tajo, un jardín botánico lleno de plantas interesantísimas y muchos pájaros y patos que nadaban en estanques.
Nuestros profesores, D. Rafael y D. Tomás se fueron a hacer fotos y nosotros nos quedamos en el parque.
Después de todo esto, llegó la hora de volver a casa.
Volvimos al autobús y el viaje de vuelta lo hicimos como el de ida: cantando y riendo.
Después de otras tres horas de viaje, llegamos a casa, cansados pero contentos de haber pasado un día espléndido.
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